Retablo de Cistierna
Recuerda que puedes descargarte este archivo siempre y cuando estés registrado.Acércate sin prisa. ¿Me escuchas? Sí, soy yo quien te habla. La talla de la Virgen con el Niño que ves en el centro del retablo mayor. Mi rostro, quizá, parece sereno, pero mi historia y la de todo lo que me rodea, es la de un largo viaje.
No siempre estuve aquí. Nací para otro altar, en la antigua iglesia de Santa María de Cistierna. Allí me tallaron, a finales del siglo XVI, cuando el arte buscaba elegancia y movimiento, lo que hoy llamáis manierismo. Mírame bien: en la suavidad de mis gestos y en la forma de sostener al Niño aún permanece aquel ideal de belleza.
El retablo que ahora me acoge tampoco ha estado siempre aquí. Procede de la ermita de la Santa Cruz, en Valderas. Sus piezas, como peregrinos, han recorrido distintos lugares hasta encontrarse de nuevo en este templo de Cristo Rey en 1997.
Fíjate en su estructura. Hoy tiene tres cuerpos y tres calles, pero en origen fue más grande, más completo. Quizá tuvo más calles y, posiblemente, se alzaba aún más alto, con un ático perdido en el tiempo. Aun así, conserva su armonía y su historia.
Mira a la parte inferior, la predela. Allí, los apóstoles aparecen en parejas, como base de todo lo demás. Sobre ellos, en el primer cuerpo, junto a mí, se narran dos escenas llenas de luz: la Adoración de los Pastores y la Epifanía. Momentos de encuentro, de reconocimiento.
Un poco más arriba, en el segundo cuerpo, descubrirás episodios de mi infancia… recuerdos de una historia que empezó mucho antes de sostener a mi hijo. Y en lo más alto, la Pasión: el dolor y el sacrificio que dan sentido a todo.
Si observas los detalles que me rodean con atención podrás distinguir delfines, seres fantásticos... formas inspiradas en el arte italiano, en ese gusto renacentista “a la romana”. Son los llamados grutescos y candelieri, símbolos de un mundo que mezclaba lo humano, lo divino y lo imaginado.
Las pinturas, realizadas al óleo sobre tabla, te recordarán quizá a las obras del entorno de Lorenzo de Ávila: paisajes delicados, escenas cuidadas, llenas de significado. Justo delante, adelantado hacia ti, el tabernáculo: una pieza extraordinaria de 1574, obra de Pierres de la Fuente. En él se representan la Crucifixión y el Descendimiento. Es el corazón litúrgico, donde el misterio se hace presente.
Este retablo es, en realidad, un superviviente. Ha perdido partes, ha cambiado de lugar, ha sido transformado… pero sigue hablándote. Y aquí sigo yo, en el centro. Testigo de los siglos. De viajes, de pérdidas y de encuentros.