Patrimonio conectado: conservación preventiva con IoT

Quienes llevamos más de trece años midiendo temperatura y humedad en el interior de iglesias románicas, catedrales, castillos, museos, espacios arqueológicos o cubiertas de madera de cinco siglos, sabemos que el deterioro del patrimonio rara vez llega de golpe. Llega en décimas de grado. En puntos porcentuales de humedad relativa que suben y bajan. En vibraciones acumuladas o en xilófagos que trabajan en silencio dentro de una viga centenaria sin que nadie los detecte.
La conservación preventiva parte de una premisa técnicamente sencilla, pero operativamente exigente: para evitar el daño hay que conocer las condiciones del bien en tiempo real, de forma continua y durante mucho tiempo. Eso significa muchos sensores, bien ubicados y calibrados. Y, más aún, conectados a un sistema que analice sus datos y genere alertas cuando algo se sale del rango establecido. El sistema MHS —desarrollado por la Fundación Santa María la Real — lleva años siendo esa herramienta: una plataforma de monitorización remota diseñada específicamente para bienes culturales, que mide parámetros ambientales, estructurales, de uso, iluminación y seguridad, y los centraliza en una aplicación web accesible desde cualquier dispositivo.
En los últimos años hemos asistido a una expansión considerable de las redes de sensores IoT en industria, agricultura, gestión de infraestructuras urbanas y otros edificios. El patrimonio cultural, sin embargo, ha ido con retraso. No por falta de necesidad, sino por las dificultades como dispersión geográfica, ausencia de infraestructuras, restricciones de intervención y, frecuentemente, limitación de recursos.
La investigación y el trabajo continuado demuestran que el camino existe y que es viable incorporar los bienes patrimoniales al mundo del IoT y la conectividad sin agredirlos. Monitorizarlos con tecnología accesible y sostenible, y hacerlo tanto en la nave de una catedral como en el interior de un baluarte, en una ermita de la montaña palentina o en las naves industriales de unas oficinas salitreras en el desierto chileno.
Lo que queda es trasladar ese conocimiento de forma sistemática a los programas de conservación, a los pliegos técnicos de las intervenciones en patrimonio y a las convocatorias de financiación pública que deben reconocer la monitorización continua como una herramienta irrenunciable de gestión preventiva. Un bien que no se monitoriza es un bien que se gestiona a ciegas. Y el patrimonio que se gestiona a ciegas, tarde o temprano, se pierde.